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Historia del reloj

El reloj “automático”

Entre las piezas de un reloj, el escape, tiene una importancia capital, pues es el órgano que regula el movimiento del barrilete de la cuerda, que los engranajes transmiten a las agujas del reloj, fraccionándolo en partes iguales por medio de la espiral, animada de un movimiento oscilatorio que a cada vibración deja pasar un diente de la rueda de escape. La espiral está provista de un volante que recibe el nombre de balancín, cuyo eje actúa directamente en los escapes del sistema llamado de cilindro. En cambio,, en los escapes de áncora hay una pieza intermedia, que tiene una forma análoga a las áncoras marinas, y este sistema es más exacto cuando sale de relojeros hábiles.

La espiral de los relojes ordinarios está expuesta a dilataciones o contracciones resultantes de los cambios de temperatura; pero en los relojes de precisión, el balancín está constituido por una laminilla de acero y otra de latón, que los su diverso coeficiente de dilatación y elasticidad, compensa aquellas variaciones.

El montaje de la maquinaria de un reloj corre  cargo de expertos relojeros, que una vez finalizada la fase de montaje se coloca y se asegura en su caja, a la que se provee una esfera de las manecillas o agujas horarias, minutera e indicadora de segundos.

El reloj de cuarzo y el reloj atómico

El siguiente paso han sido los relojes de cuarzo, destinados en su origen para fines científicos debido a su gran precisión. El cuarzo, por efecto pieza-eléctrico, estabiliza un circuito oscilante electrónico. La corriente alterna producida por ese circuito oscilante debidamente amplificado alimenta un motor sincrónico que acciona el reloj. El error máximo es de una diezmillonésima de segundo en veinticuatro horas.

Otra contribución a la ciencia respecto a la medida del tiempo, ha sido el reloj atómico, construido en 1956 por el físico Carlos Townes de la Universidad de Columbia (Nueva York).

Éste reloj llamado Máser, se funda en que la molécula de amoníaco (NH³) contiene un átomo de nitrógeno que da 23.870 millones de vueltas en un segundo. Su regularidad es perfecta e inalterable, de manera que por métodos electrónicos puede ordenar y estabilizar con todo rigor la oscilación del cuarzo, que a su vez, mantiene uniforme el movimiento del reloj. Se prevé que éste reloj necesitaría trescientos años para que se produzca el error de un segundo.

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